¿Atacar o lamentarse?

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La respuesta al asesinato de Corey Ruiz en Madison, Wisconsin

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Desde la Rebelión de George Floyd del verano de 2020, la policía ha seguido asesinando a personas a un ritmo constante, en gran medida sin provocar una respuesta significativa. La atención pública se ha desplazado hacia la brutalidad del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, lo que ha llevado a considerar la violencia policial como algo habitual y aceptable. Sin embargo, cuando la policía de Madison (Wisconsin) asesinó a Corey Ruiz, los manifestantes organizaron una ocupación que duró varias semanas como respuesta, lo que planteó la posibilidad de que el movimiento contra la policía pudiera resurgir con fuerza junto al movimiento para abolir el ICE. Aquí, participantes en la respuesta al asesinato de Corey Ruiz relatan sus experiencias y debaten qué se necesitaría para establecer un movimiento capaz de poner fin a la violencia policial.


El Departamento de Policía de Madison asesinó a Corey Ruiz la tarde del miércoles 22 de julio de 2026. Lo mataron a plena luz del día en la calle Williamson (Willy). Una multitud se congregó horrorizada, grabando la espantosa ejecución sancionada por el Estado. Aunque sin duda este no es el único asesinato que han cometido los policías de Madison, la atención que recibió catalizó una respuesta sorprendentemente amplia y duradera en la ciudad de Madison (Wisconsin), una ciudad conocida por su supuesto progresismo y por la historia de activismo estudiantil de su universidad. En el transcurso de estos acontecimientos, ha quedado muy claro que los discursos sobre el cambio social y el «radicalismo» que alimentan los egos de activistas de Madison, en última instancia, no ofrecen ninguna vía de avance en la lucha contra la violencia policial. Necesitamos un movimiento capaz de improvisar y atacar, no solo una política de quejas con una llamativa exhibición de números.

Aquí pretendemos analizar el contexto más amplio del asesinato de Corey Ruiz, explorando las tensiones políticas en Madison, la historia del trato que la ciudad ha dispensado a las personas sin hogar de Madison y cómo los organizadores políticos y las organizaciones sin ánimo de lucro no han logrado llegar a la raíz de estos problemas al formular exigencias ineficaces. La violencia policial contra la comunidad sin hogar de Madison y contra las personas de color es rampante en la ciudad; la ejecución de Corey Ruiz es una continuación y una escalada de esa violencia. La ejecución de Corey, grabada en un vídeo de móvil, fue espantosa, y su sangre manchará para siempre las manos de los funcionarios municipales, los legisladores y los políticos, así como de los policías que ejecutan sus órdenes.

En 2023, el ayuntamiento intensificó su larga guerra contra las personas sin hogar mediante redadas en los campamentos, al tiempo que cerraba los refugios, les retiraba la financiación y los trasladaba a las afueras de la ciudad con el fin de ocultar la pobreza y la lucha a los turistas y a los residentes adinerados. Lamentablemente, la muerte de Corey es solo una de muchas. Los nombres de muchos que nunca conoceremos; nuestras miradas se han cruzado, de camino al trabajo, en el trayecto diario, en las paradas de autobús… ¿quién sabe qué ha sido de ellos?

Quienes hemos sido testigos de cómo se ha desarrollado esta guerra en Madison recordamos los levantamientos de 2020, el parque Reindahl y las ocupaciones universitarias en apoyo a Palestina. ¿Qué tienen todas estas situaciones en común? Todas comparten el borrado de las personas sin hogar y la imposición de una división entre estas y los activistas, lo que cortocircuita la lógica de una política de identidad que se vuelve incompatible con el moralismo del activismo.

Corey Ruiz era negro, no tenía hogar y era una de tantas personas.

Nuestra oposición al asesinato policial no depende del carácter moral de las personas asesinadas ni de las categorías identitarias en las que encajen; se basa en nuestra oposición a la violencia policial en sí misma. Si una multitud de 500 personas no puede movilizarse contra la policía de forma significativa, ¿qué ostias estamos haciendo? Debemos atacar, no solo por Corey, sino por aquellas personas que aún no han sido asesinadas, por nosotras mismas. Centrarnos únicamente en la víctima individual de cada acto específico de violencia policial solo conduce a una toma de posición moral. Los movimientos sociales contra los asesinatos policiales y la violencia contra las personas negras se ven limitados por su tendencia a centrarse en el martirio. Debemos desarrollar un análisis sistémico de la policía como institución y tratar de actuar de forma eficaz contra ella.

No nos importa cuál sea el historial judicial de Corey. Lo que nos preocupa es el papel de la policía, que consiste en actuar como una prolongación de la violencia estatal.

La ley se basa en la violencia: toda su promesa de seguridad se sustenta en el monopolio de la violencia.

El campamento alrededor del monumento conmemorativo a Corey Ruiz, en la esquina de las calles Williamson y S. Baldwin, visto desde lo alto del número 328 de la calle S. Baldwin el martes 28 de julio de 2026, con la estatua del puño de la plaza George Floyd en Minneapolis, Minnesota. Fotografía de Owen Ziliak.


Las luchas de los campamentos en Madison 2021-2024

Para comprender el asesinato de Corey Ruiz y el contexto en el que se desarrolló la respuesta pública al mismo, debemos analizar las fuerzas que privan a las personas de su vivienda en Madison y las formas en que los activistas y las organizaciones sin ánimo de lucro se ven enredados con ellas.

En 2020, cuando el Estado no logró proteger ni atender a su ciudadanía en el punto álgido de la pandemia de COVID-19, proliferaron los proyectos de ayuda mutua por todo el país, especialmente en el Medio Oeste. El gobierno no cumplió sus promesas de protección y recursos; las moratorias de desahucio acabaron por expirar y el número de desahucios se disparó. La respuesta a esta situación por parte de diversos proyectos de ayuda mutua centrados en los campamentos de personas sin hogar y en la distribución de recursos influyó en el resultado de las luchas posteriores.

Cuando los políticos locales o las organizaciones sin ánimo de lucro (que suelen estar silenciosamente aliadas con los políticos) intentan aparentar radicalismo, debemos estar preparadas para poner de manifiesto cuál ha sido su trayectoria y cuáles son sus verdaderos intereses. Si logran convencer a sus seguidores de que están «del lado del pueblo», podrán moldear la trayectoria de los movimientos sociales para impedir que persigan un cambio real. No se trata de una cuestión de purismo político, sino del reconocimiento de las contradicciones políticas en juego.

Cada vez que comience un movimiento social o una ocupación, presta atención a cómo se utilizan las palabras «seguridad» y «protección». Esta retórica se emplea a menudo para dividir los movimientos y reprimir su potencial radical. Hemos esenciado en repetidas ocasiones cómo un determinado núcleo de activistas se ha apropiado de las luchas en esta ciudad en beneficio propio y para su lucro profesional.

En 2020, el campamento de Reindahl Park, en el East Side de Madison, era enorme. Era imposible no fijarse en él al circular por East Washington, una de las calles más transitadas de la ciudad. Trabajadores sociales, representantes de organizaciones sin ánimo de lucro, especialistas en salud mental y grupos de ayuda mutua intentaron hacerse un hueco en él. En aquel momento, muchos consideraban que el parque era una comunidad autónoma. Sin embargo, el campamento no estaba exento de problemas: se sabía que la policía de Madison llevaba al campamento a personas que se encontraban bajo los efectos de sustancias o que sufrían una crisis de salud mental y las dejaba allí, donde provocaban conflictos entre los residentes. También parecía que había policías encubiertos vendiendo drogas a las personas que se alojaban en Reindahl.

El Ayuntamiento desmanteló el campamento de Reindahl en el invierno de 2021, utilizando argumentos sobre «seguridad», «riesgo» y «violencia» para justificarlo, además de alegar que los habitantes vendían drogas. Quienes estuvimos presentes durante aquellas luchas vimos cómo el ayuntamiento comenzó a reubicar a los trabajadores sociales y a las organizaciones sin ánimo de lucro en una nueva ubicación, Dairy Drive, que se encontraba fuera de la ciudad y, en aquel momento, fuera del alcance del transporte público de Madison.

En noviembre de 2021, se asignaron fondos federales de emergencia para un refugio de emergencia en Dairy Drive. Sin embargo, debido a la limitada disponibilidad de plazas en el refugio de Dairy Drive, los habitantes de Reindahl se dividieron entre quedarse en el parque o marcharse. A quienes optaron por quedarse, el ayuntamiento les proporcionó vales de corta duración para alojarse en hoteles locales. Un hotel de la zona este, que fue vaciado y renovado tras numerosas muertes no denunciadas de personas sin hogar aquel invierno, se ha convertido desde entonces en «apartamentos de estilo de vida».

El refugio de emergencia municipal de Dairy Drive consistía en un enclave de viviendas minúsculas (rodeadas por una valla y fuertemente vigiladas por cámaras) que albergaba a unas 35 personas (17 residentes oficiales) con fondos de emergencia de la época de la pandemia. Lo gestionaba la organización local sin ánimo de lucro Madison Street Medicine. Como era de esperar para cualquiera que haya intentado organizarse en Madison, las organizaciones sin ánimo de lucro cayeron en la trampa del plan del ayuntamiento para expulsar a las personas pobres de la ciudad, interpretando el refugio de Dairy Drive como una forma digna de mantener la comunidad del desalojo de Reindahl Park. El refugio de emergencia de Dairy Drive permaneció abierto hasta octubre de 2025, cuando fue cerrado después de que los concejales de Madison decidieran, por un voto de diferencia, no renovar su financiación.

En aquel momento, muchas de nosotras ya sabíamos que la única forma de mantener la comunidad era luchar juntas en solidaridad. Hubo muchos conflictos en torno a la transición de Reindahl Park a Dairy Drive; Por desgracia, existe poca documentación sobre esa lucha social de la que puedan aprender los futuros compañeros.

Antes de que se desalojara Dairy Drive, en el verano de 2024, la policía de Madison desalojó violentamente la ocupación en solidaridad con Palestina en la Universidad de Wisconsin-Madison. El ataque al campamento en apoyo a Palestina ilustra cómo las luchas de las personas sin hogar y las luchas más amplias por la justicia social se entrecruzan de forma constante en los movimientos sociales de Madison. Muchos de los que estaban presentes en el campamento de Palestina fueron testigos de cómo los organizadores estudiantiles se esforzaban por hacer frente a las realidades de la población sin hogar que acudía a apoyar el campamento. Se llamaba a la policía con frecuencia debido a altercados y la policía de la Universidad de Wisconsin-Madison inundó los correos electrónicos de los estudiantes durante semanas, tanto durante como después de la ocupación, con alertas sobre «actividad peligrosa» en la zona. Sin entrar en las complejidades de ese movimiento social en concreto, podemos resumir que la policía y el ayuntamiento han utilizado sistemáticamente el discurso de la seguridad como arma cada vez que surge en Madison cualquier atisbo de organización autónoma.

La noche del 4 de agosto: los manifestantes se defendieron, encendiendo hogueras y esparciendo contenedores de basura y de reciclaje para bloquear a la policía.

La ejecución de Corey Ruiz, la respuesta de la comunidad y el ataque policial

El agente de policía de Madison Kiel Peterson ejecutó a Corey Ruiz el 22 de julio de 2026 en la intersección de las calles Willy y Baldwin, en el barrio de Marquette (una zona gentrificada y predominantemente blanca situada justo al este del centro de la ciudad y del distrito del Capitolio). Inmediatamente después de que la policía abandonara el lugar del asesinato, la gente se reunió allí, sumida en el dolor, el duelo y la ira, ocupando la intersección. Lo que comenzó como una pequeña concentración conmemorativa con velas, flores y obras de arte se convirtió rápidamente en un campamento; la gente trajo tiendas de campaña y empezó a asar comida y a construir barricadas con cubos de basura.

Esa noche, un numeroso grupo de manifestantes marchó hacia el capitolio, interrumpiendo los «Conciertos en la Plaza» que estaban programados. Las fotografías de esta protesta se difundieron ampliamente en múltiples medios de comunicación nacionales.

El campamento y la concentración siguieron creciendo durante los días siguientes. La gente colgó varias pancartas, montó tiendas de campaña para dormir y amplió las barricadas en los cuatro lados de la intersección. El lugar del asesinato quedó cubierto de flores, velas, fotografías y pintura, y se hacía cada día más grande. En los días siguientes se celebraron varias marchas más moderadas y controladas, y llegó al lugar una estatua del puño de la plaza George Floyd de Minneapolis. Las organizaciones sin ánimo de lucro de Madison, los líderes comunitarios y los representantes de organizaciones políticas (entre ellas PSL, DSA y Freedom Inc.) aumentaron su presencia y promovieron sus programas con el objetivo de ganar adeptos para sus grupos, haciéndose con el control de las marchas. Un empleado municipal llevó baños portátiles al campamento (de forma voluntaria, sin que el ayuntamiento lo hubiera contratado) y el ayuntamiento prestó numerosos camiones de sal para reforzar las barricadas en nombre de la seguridad de los manifestantes.

A lo largo del crecimiento y la expansión del campamento, el ayuntamiento se mostró extrañamente complaciente. La presencia policial fue mínima, aunque la gente avistaba drones policiales sobrevolando la zona casi a diario.

El sábado 25 de julio, más de 1.000 personas marcharon por la ciudad. Los organizadores las condujeron finalmente al centro para gritar a los clientes de los bares, alrededor de la medianoche, y recordarles que «nadie se divierte hasta que se detenga al asesino de Corey». Como era de esperar, empezaron a perder participantes y la asistencia a las marchas posteriores fue disminuyendo.

Ante la ausencia de la policía y la aparente indiferencia del ayuntamiento, la ocupación mantuvo su presencia, pero no su impulso. Aunque el campamento servía como un espacio relativamente seguro para que las personas sin hogar montaran sus tiendas junto a activistas, estos y estas recibían esta situación con una tensión palpable. Al igual que había ocurrido durante los campamentos de solidaridad con Palestina y otras movilizaciones locales, estos activistas se sentían incómodos cuando se veían obligados a interactuar con la comunidad de personas sin hogar. Con el paso de los días, el lugar de la vigilia se convirtió en un escenario para el activismo «para sentirse bien» de liberales blancos y líderes de la comunidad negra, más que en una organización comunitaria de base. La gente impartía clases de yoga, organizaba conciertos y ofrecía apoyo a los miembros de la comunidad en duelo.

A partir del viernes 31 de julio, la alcaldesa de Madison, Satya Rhodes-Conway, una liberal centrista, comenzó a pedir a la gente que desmantelara el campamento de forma voluntaria. Esto no surtió efecto. La alcaldesa Rhodes-Conway siguió lanzando exigencias cada vez más amenazantes para que se disolviera el campamento; estas se hicieron públicas los días 1, 2 y 3 de agosto, sin ningún resultado.

El martes 4 de agosto, casi dos semanas después del asesinato, unos vehículos municipales comenzaron a rodear el campamento alrededor de las 3 de la madrugada. El Ayuntamiento no anunció oficialmente la redada, aunque algunos activistas, haciéndose eco de los sentimientos de la alcaldesa, habían dado a entender que era probable que se produjera una redada. La presencia de vehículos municipales fue aumentando hasta las 5 de la madrugada, momento en el que comenzó la redada.

Unas excavadoras Bobcat equipadas con palas de bulldozer intentaron sortear las barricadas avanzando por las aceras. Los manifestantes, que temían que atropellaran a las personas que dormían en las tiendas de campaña, lograron detener a algunas de ellas. Cientos de policías se apostaron a varias manzanas de distancia para prepararse para la redada, mientras que los trabajadores municipales de limpieza, con excavadoras CAT, despejaban todo a su paso.

Algunas personas se marcharon, pero un grupo permaneció en el lugar a medida que llegaban más policías. Se reunieron alrededor de la estatua del puño, entrelazando los brazos. Tras haber preparado minuciosamente la redada, la policía atacó violentamente y en gran número, derribando y destruyendo el resto del campamento y deteniendo a varias personas. Una vez que la policía despejó el campamento, los agentes mantuvieron una presencia masiva en la intersección y en las zonas circundantes. Se concentraron en lugares cercanos, como la oficina de transporte público de la ciudad de Madison, situada a tres manzanas de distancia, donde se podían ver entre 20 y 40 coches de policía en todo momento, y mantuvieron la vigilancia de la intersección con furgonetas camufladas y drones.

Durante el resto del 4 de agosto, se desarrolló un juego del gato y el ratón entre la policía y la protesta. La gente permaneció en la intersección de Willy y Baldwin durante todo el día. La protesta volvieron a ocupar el lugar, marchando en círculo por la intersección y coreando consignas con megáfonos. Hacia las 16:00 horas, aparentemente sin provocación alguna, la policía detuvo violentamente al menos a dos de los manifestantes más activos. Al menos en una ocasión, un agente utilizó spray de pimienta, hiriendo a varias personas, muchas de las cuales estaban acatando las órdenes policiales. La policía tiró agresivamente a la gente al suelo mientras empujaba hacia atrás a la multitud.

Una vez que la policía despejó la ocupación de la intersección, el tráfico siguió fluyendo, aunque los y las manifestantes permanecieron en el lugar y la tensión siguió aumentando; comenzaron a ocupar el bordillo y la calle. La policía detuvo violentamente a un manifestante, empujándolo al suelo y inmovilizándolo. La indignación y los intentos de intervención provocaron nuevas detenciones, algunas de las cuales dieron lugar a arrestos. En algún momento, llegaron agentes a caballo. La policía volvió a tomar el control de la intersección y comenzó a repartir multas por cruzar la calle de forma imprudente, en un intento de disuadir cualquier intento de volver a ocuparla. La policía también intensificó considerablemente su respuesta ante cualquier persona sin hogar o ebria, con diez o más agentes rodeando a la persona y deteniéndola de inmediato.

Esa tarde, el agente de policía de Madison Alex González, quien mató al residente de Madison Richard Johnson mientras estaba de servicio en 2024, llegó al lugar. Los manifestantes exigieron la retirada inmediata de González y otro agente lo escoltó fuera del lugar. Mientras personas congregadas seguían a González hacia el coche patrulla, este los amenazó con spray de pimienta. A continuación, la gente volvió a ocupar el cruce y se agolpó alrededor del coche en el que se encontraba González. La policía tiró al suelo a varias personas asistentes, las esposó y las detuvo. Un agente estuvo a punto de caerse de su caballo durante el altercado. Los agentes se negaron a permitir que transeúntes tomaran nota de los nombres de los detenidos y obligaron a la protesta a retroceder.

Esa noche, la gente se reunió y marchó, hasta volver a ocupar la intersección. Se produjeron varios incendios en papeleras y al menos uno en un contenedor de basura en la calle. La policía detuvo a varias personas más.

A lo largo del miércoles 5 de agosto, y especialmente por las tardes del 5 al 9 de agosto, se mantuvo una presencia continua de entre diez y cuarenta manifestantes en la intersección de Willy y Baldwin, expresando un antagonismo constante hacia la policía, que procedía a nuevas detenciones cada vez que la gente salía a la calle.

La tarde del sábado 8 de agosto, el clero local y los líderes de la comunidad negra colaboraron con la organización local The Pressure Movement para celebrar una concentración bajo el lema «Unidos por la justicia y la dignidad humana» en el edificio del Capitolio. Los líderes comunitarios pronunciaron un discurso tras otro instando a la multitud a prestar atención, a exigir responsabilidades a la policía (sin sugerir cómo hacerlo realmente) y a votar en las primarias «como si tu vida dependiera de ello». La escasa asistencia a este acto supuso, en cierto modo, el clavo simbólico en el ataúd del movimiento.

Durante los días y las noches previos al funeral de Corey Ruiz, el viernes 14 de agosto, y durante unos días después, pequeños grupos de manifestantes se reunieron esporádicamente en el cruce de Willy y Baldwin. Pero el número cada vez menor de manifestantes que permanecían allí calmó las preocupaciones de la policía, que acabó por dejar de patrullar la zona.

La noche del 4 de agosto.

Conclusión: Atacar y llorar la pérdida

Debemos entender el asesinato de Corey Ruiz a manos de la policía de Madison en el contexto de la larga lucha local de las personas sin hogar. Somos conscientes de la relación entre el asesinato de Tony Robinson en 2015 y el asesinato de Corey, y comprendemos la importancia del hecho de que Corey fuera un hombre negro. Sin embargo, activistas y organizadores no lograron llamar la atención sobre el hecho de que Corey Ruiz no tenía hogar, lo que podría haber cambiado la naturaleza y el resultado de la ocupación de Willy Street. Esto es paralelo a la forma en que la ciudad «progresista» de Madison, Wisconsin, no ha reconocido su papel en el aumento de la falta de vivienda en la ciudad, donde cada día se construyen más bloques de pisos de gran altura.

Vimos que muchos compañeros y compañeras jóvenes, radicales y anarquistas que intentaron participar en las luchas de Madison acabaron siendo utilizadas como soldados de a pie para impulsar la agenda de un pequeño número de activistas y organizadores. La política basada en quejas con reivindicaciones vacías agotó casi de inmediato el potencial insurreccional de la ocupación. El problema no fue la ayuda mutua. Tampoco fueron los liberales blancos. Fue la «policía del movimiento» que se puso en marcha de inmediato y los egos de los propios organizadores.

A las personas jóvenes que vimos allí, queremos decirles:

Confiad en vuestra intuición, confiad en vuestros amigos y amigas, y, lo más importante, confiad en vuestra rabia.

No escuchéis a ningún tipo de «policía», ya sea la policía propiamente dicha o la «policía del movimiento».

Buscad a otras personas que estén hartos de las interminables marchas por la capital, de los megáfonos y de los cánticos sin vida.

Actuad. Actuad partiendo de la base de que las demás personas también lo harán. No dudéis por miedo a que no lo hagan.

No confíes en las organizaciones sin ánimo de lucro de la ciudad, no confíes en los activistas arribistas que buscan canalizar tu rabia hacia sus plataformas políticas.

Otra lección que esperamos sinceramente que la gente haya aprendido es que no hay que confiar tus planes a las organizaciones sin ánimo de lucro ni a los arribistas de esta ciudad, ni de ninguna ciudad liberal como Madison. No son nuestros amigos; nuestras ideas y tácticas no deben ser aprovechadas para estetizar o reforzar sus proyectos vanidosos.

La próxima vez que la policía mate en esta ciudad, localizad su infraestructura. Bloquead, atacad y demostradles que no van a volver a meterse con nosotras.

—Algunas anarquistas de Madison


La noche del 4 de agosto.

Apéndice I: Testimonio de Raven

Mi estancia en el campamento me ha aportado nuevas perspectivas y ha agudizado mis ideas. Ser testigo de cómo la comunidad se unió de esa manera fue algo que nunca esperé. Al estar ya muy metida en el ámbito revolucionario de Madison, me sorprendió ver surgir esto. Sin embargo, no era la primera vez que tenía que retractarme.

Aunque alabo el espacio por lo que fue, no puedo evitar criticarlo por la misma razón. En primer lugar, era un espacio en el que tanto las personas sin hogar como las que tenían un techo podían reunirse y llorar la pérdida de un miembro de la comunidad a manos del siempre violento brazo del Estado. Un espacio en el que se proporcionaba comida, agua y refugio, y se daba prioridad a la ayuda mutua (aunque no fuera nada glamurosa). Un espacio donde la rabia y la ira estaban a la altura del dolor y la angustia que muchos de nosotros sentíamos; la energía revolucionaria era inmensa, nuestro potencial estaba listo para materializarse. Entonces… nada: toda esa energía se canalizó hacia interminables marchas que no llevaban a ninguna parte, sin objetivos ni reivindicaciones (o, al menos, sin reivindicaciones respaldadas por la amenaza de la acción). Las consignas eran tan poco serias como pegadizas. La actitud cambió rápidamente a «¿Cómo arreglamos esto poco a poco?».

«¡Tenemos que hacerles daño en el bolsillo!», fue lo que oí mientras le gritaba a alguien con un megáfono.

«Que le den», respondí. «¡Tenemos a cinco de ellos justo aquí! ¡Asustados!».

Eso fue antes de que marcháramos hacia la plaza del Capitolio para interrumpir un acto que se estaba celebrando allí. Unos cinco agentes de policía estaban a merced de la multitud creciente en Corey (lo que antes era Baldwin) y East Wilson; la tensión iba en aumento y la posibilidad de una acción concreta estaba al alcance de la mano… solo para que la echara por tierra una persona a la que solo puedo describir como «un agente federal descontrolado». Esa tónica se mantuvo hasta el eventual fin del campamento de la calle Corey.

Al ser yo mismo afroamericano, solía buscar orientación en otros activistas y organizadores afroamericanos, pero lo que descubrí fue que muchos de ellos en Madison estaban allí por motivos equivocados. Muchos ya tenían conexiones con el ayuntamiento o trabajaban para él o directamente con él, lo cual es un acto traicionero, pero algunos hacían el trabajo sucio de la ciudad de forma gratuita, lo cual es aún más imperdonable. Por no hablar de las actitudes que algunos de esos «activistas» mostraban hacia nuestra comunidad sin hogar. La verdad es que siempre habrá oportunidades que aprovechar, más organizaciones que crear, influencia que perseguir y bolsillos que llenar. Por desgracia, fui ingenuo y había esperado que los patrones que reconocí en 2020 fueran solo producto de mi imaginación. Los líderes negros de Madison siempre se venderán al mejor postor o, peor aún, lo harán gratis.

A medida que pasaban los días, las luchas internas y las contradicciones que se estaban enconando empezaron a estallar por todas partes. La rabia que debería dirigirse contra el Estado comenzó a volverse contra nosotras mismas: nos estábamos devorando vivas.

El tiempo del que disponíamos para resolver estos problemas no era suficiente, y el Ayuntamiento lo sabía. Porque no era cuestión de «si», sino de «cuándo» nos harían una redada.

La redada en sí fue violenta, como muchos pueden imaginar. Yo mismo tuve que impedir que los vehículos municipales arrollaran las tiendas de campaña que estaban ocupadas. Mucha gente decidió rendirse sin oponer resistencia, y ¿quién podría culparles? Los números no estaban de nuestro lado.

Mientras observaba cómo avanzaban los trabajadores municipales y la policía, mis ojos se fijaron en el incendio que se había iniciado cerca de la cooperativa. Detrás de él, emergía la intimidante silueta de una excavadora CAT. En ese instante pensé inmediatamente en la lucha en Palestina.

Cuando la policía nos rodeó, nos cogimos del brazo y nos mantuvimos firmes en nuestro compromiso de proteger el memorial de George Floyd. Cientos de agentes de diferentes departamentos estaban allí para hacer lo que más les gusta: maltratar y desalojar. Cinco o seis agentes me empujaron la cabeza contra el hormigón. Aun así, eso fue suave comparado con lo que les pasó a algunas personas.

No hay nada que destacar de la cárcel, fue aburrida. Tras las detenciones iniciales, la gente empezó a concentrarse en la esquina de Willy y Corey. Al enterarnos de eso, lo único en lo que podíamos pensar los que estábamos allí era en lo rápido que podríamos volver a la calle.

Durante las horas y los días posteriores a la redada, se siguieron produciendo protestas en las aceras muy similares. Hubo una noche en la que se produjo un «disturbio» (utilizo ese término de forma muy amplia). Solo estuve presente una hora más o menos después de que se encendiera la chispa inicial, pero no fue gran cosa. Desde luego, no lo suficiente como para lograr nada significativo.

Dicho todo esto, sigue sin haber ningún lugar en el que hubiera preferido estar hace dos semanas que en el campamento. Era un espacio muy poderoso con gente muy revolucionaria. Es una pena que no pudiéramos hacer más en esos momentos.

El movimiento seguirá vivo y la lucha continuará a pesar de los reveses.

Atrévete a luchar, atrévete a ganar.

ACAB, Que le den a ICE, 161.


Apéndice II: Breves reflexiones sobre el movimiento de defensa comunitaria de Madison

Corey Ruiz fue brutalmente asesinado por la policía de Madison nueve días después de que agentes de ICE mataran a tiros a Joan Sebastián Guerrero en Maine. La policía local, ICE, los ayudantes del sheriff: no son más que diferentes niveles administrativos de un único régimen asesino. Los asesinatos policiales son la expresión más cruda de la violencia que subyace en el corazón de su funcionamiento, la misma fuerza opresiva que nos priva de la asistencia sanitaria, nos echa a la calle, llena las cuentas de los jefes y nos obliga a vendernos a diario a cambio de comida y techo. Los funcionarios públicos de azul y rojo y los miembros de las casi 18.000 fuerzas policiales de EE.UU. han jurado proteger este orden integrado de desposesión.

La actuación policial es la «solución» esencial del enemigo para los problemas que el propio régimen es en gran medida responsable de crear. Por lo tanto, nos vemos obligadas a reconocer que es solo cuestión de tiempo que la policía vuelva a matar. Dada esta situación, ¿qué hace falta para sacar de las calles a los policías asesinos, o para que sus compañeros se lo piensen dos veces antes de apretar el gatillo? Más allá de eso, ¿qué significaría detener realmente el terror policial?

Creemos que una respuesta adecuada a estas preguntas incluirá dos elementos.

En primer lugar, las autoridades solo se esfuerzan por evitar o abordar eficazmente estos asesinatos cuando se enfrentan a una grave amenaza de represalias populares. La experiencia demuestra que hay que hacerles saber que tales asesinatos perjudicarán realmente su dominio. El asesino de George Floyd, por ejemplo, solo fue detenido tras la destrucción de la comisaría n.º 3 de Minneapolis. El momento no es casual. Hasta entonces, los investigadores habían evitado tomar medidas, alegando que necesitaban más tiempo, a pesar de haber tenido días para revisar imágenes claras de un acto obviamente atroz.

No menospreciamos los riesgos reales que están en juego cuando reconocemos la conexión entre la acción directa militante y la rendición de cuentas de la policía. Simplemente señalamos que la confrontación es una necesidad estratégica para cualquiera que quiera reducir la probabilidad de que se produzcan estos asesinatos y obtener un mínimo de rendición de cuentas a posteriori.

En segundo lugar, es necesaria una infraestructura de autodefensa comunitaria que vigile de forma proactiva los barrios ante cualquier tipo de presencia policial, una red que haga saber a la policía que está siendo observada y que permita a la gente movilizarse rápidamente cuando sea necesario. Los grupos contra el ICE que han surgido en los últimos meses son un paso en esta dirección.

Dentro de estos grupos, se podría dar prioridad a las patrullas comunitarias que consideren a todos los agentes de la violencia estatal (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, Departamento de Policía de Madison, Oficina del Sheriff del condado de Dane) como lo que son: amenazas letales para el bienestar de la gente. Los participantes deben comprender que los movimientos contra el ICE y «Justicia para Corey» son aspectos complementarios de una lucha antiautoritaria más general. Solo así podrán las personas tener una visión clara sobre cómo construir el poder necesario para mantener a raya los abusos del régimen.

Más allá de las patrullas, esto probablemente incluirá relacionarse con el vecindario con el que antes no se tenía contacto, educándo sobre cómo evitar llamadas innecesarias al 911 y el desarrollo de métodos autónomos para abordar de forma eficaz el comportamiento antisocial.

Se trata de un trabajo arriesgado, difícil y poco glamuroso, pero sin él nadie puede poner fin al terror policial. Dada la gravedad de la tarea, nos gustaría concluir esta reflexión llamando la atención sobre algunos escollos observados recientemente que socavan el movimiento. Lo hacemos desde un espíritu de solidaridad y esperamos que esto refuerce los esfuerzos en curso a largo plazo.

Renunciar al debate y descartar las sugerencias tácticas como obra probable de provocadores priva al movimiento de un diálogo enriquecedor. El desacuerdo acalorado, pero de buena fe, sobre la dirección de un movimiento es necesario para su crecimiento. Por consiguiente, dicho desacuerdo debería centrarse en los objetivos y capacidades del movimiento, así como en las formas en que ciertas propuestas (no) contribuyen a alcanzarlos.

Un punto relacionado con esto es el de tachar a alguien de soplón o de policía encubierto. La vigilancia es imprescindible, pero la sospecha de que alguien sea policía o soplón nunca debe expresarse públicamente sin pruebas concretas que justifiquen la acusación. Lanzar tales acusaciones sin pruebas convincentes no solo siembra discordia innecesaria, sino que puede paralizar el movimiento. En resumen, es obra del enemigo.

Por último, no podemos evitar sentirnos preocupados por los incesantes llamamientos a «seguir al liderazgo negro». Por decir lo obvio, las personas negras no son un bloque monolítico. Tienen opiniones diversas y, a menudo, divergentes. Entonces, ¿a quién «sigues»? ¿A Shelia Stubbs, de Madison? ¿A Alex Gee o a Brandi Grayson? ¿A Barack Obama? ¿A Mumia Abu-Jamal? La lucha contra la opresión racista es su corazón palpitante, pero el movimiento necesita pensadores críticos, no personas agobiadas por una culpa blanca que no aporta nada.

En solidaridad,

—Algunas compañeras locales


Traducción: A Planeta